



Como se conoce bien, uno de lo objetivos prioritarios del Arte Contemporáneo ha sido desembarazarse del objeto.
Librarse del peso de su sentido literal. Sustraerse a la ley de gravedad que impone su presencia concreta, reconocida y reconocible.
Pero también sabemos que el objeto emerge de su propia ausencia, de su mero no estar allí.
En este sentido, algunos lo han ligado con el pensamiento de Hegel, para quien todo objeto: una casa, un zapato, un reloj, o una obra de arte, siempre e inevitablemente envuelven un vacío.
Y es por tanto ese vacío, la evidenciación de ese vacío lo que se convierte en obra, asunto que es el primer sello de la obra de Florencia San Martín.
En esta línea, el trabajo especular de San Martín establece con estricta claridad y energía su declarada estrategia anti objetual.
Pocas veces se ve ese re huirlo de un modo tan diáfano como en los trabajos de esta artista chilena. Al tiempo que, se intuye con claridad, asume la inevitable emergencia del mismo mediante una suerte de porfía de lo que se refleja desde un “más allá” donde ha cobrado una identidad nueva: la identidad buscada. La introspección del creador en los fondos misteriosos de su propia obra.
La obra de FSM espejea hasta el infinito, huyendo con abierta deliberación del objeto, el que, misteriosamente, vuelve una y otra vez trastocado, trasmutado, fantasmagorizado, desde un horizonte inalcanzable.
Ese es el material visual con que Florencia San Martín urde sus tramados. Con ese material, casi ectoplasmático, es que hila una visualidad nueva, cuyos orígenes ya han desaparecido para constituir materia de arte pura. Luz. Reflejo. Registro. Los que se van instalando en el primer plano perceptual como un imbricado intermedio u obra gruesa de la obra en proceso hacia una monumentalidad, de la que, con seguridad, carecieron los visajes iniciales.
Así tenemos pues una imagen monumentalizada en la pantalla cuyo origen se pierde en el tejido, en el tramado, en el entejado, con que se alza gigantesco, envolviendo un vacío nuevo. Un vacío que no tenía entidad alguna antes de que estos procesos y operaciones lo pusieran ante los ojos, en su ausencia, para señalar hacia una dimensión perdida y renacida en los enormes planos que reflejan, urden, gigantizan, aquello que sólo cobrará su vigor en la sensación transmitida. En el nuevo proceso operativo que abre cada espectador ante esta obra y sus resonancias.
Yael Rosenblut